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Elena Poniatowska, mujer de letras indómitas

Por Alfonso Morales Escobar

“Me he acostumbrado tanto a escribir sobre otros, que ahora soy una hoja en blanco”, así inicia Elena Poniatowska un párrafo de El Amante Polaco, la novela en que narra una historia de vidas paralelas, la de su antepasado Stanislaw Poniatowski, último rey de Polonia y la suya propia, por vez primera.

De los cinco nombres que recibió en su bautizo, en honor a su madre y sus abuelas, ella usa solo el de Elena, ni Elenita ni mucho menos Elenísima. A pesar de su linaje y de la severa educación que recibió en escuelas de monjas, donde la preparaban para ser una esposa obediente, Elena decidió ser una mujer de letras y del pueblo. Aprendió de su nana, y de otras humildes mujeres que la han acompañado en su vida, un español rico en expresiones que solo se escuchan en México, el país de su madre, al que tuvo que huir de la guerra y el fascismo, siendo apenas una niña.

Elena ha escrito sobre otros, es verdad, pero en todas sus obras se filtran girones de su propia historia. Es la pequeña traviesa y curiosa que todo lo cuestiona, que todo lo quiere saber, en Lilus Kikus, su primera novela cuyos ecos resonarían décadas después en Rondas de la Niña Mala. Es ella la chica embelesada con la figura de su padre, vestido con el uniforme militar de la resistencia francesa, en DeGaulle en Minería. Es Quiela, que abraza a Diego a la distancia, desde el París de su infancia hasta el México donde mueren estudiantes a manos del Estado en La Noche de Tlatelolco. Es Jesusa Palancares, la soldadera que hubiera querido ser en la vida real, fascinada con la figura brutal de Las Adelitas, que alguna vez tomaron el fusil sin saber que abrirían camino, aunque en ello les fuera la vida, para que otras mujeres aprendieran a ser libres.

Elena ha escrito sobre grandes hombres de la cultura nacional, incluyendo a su esposo, Guillermo Haro, “El Estrellero”, cazador de universos, pero sus letras adquieren un tono especial cuando recrea conmovida la vida de mujeres en las que se mira, como Leonora Carrington, Rosario Castellanos, María Félix o Tina Modotti, la Dos Veces Única Lupe Marín o Frida Kahlo, todas ellas indómitas, cabritas, lunitas, cabronas.

Sin asumirse feminista y aunque le encanta girar junto a ese torbellino que es Marta Lamas, Elena siente la piedra angular del movimiento: sufre en carne propia el crimen abominable y en El Amante Polaco revela historias que las familias siempre han preferido callar y que la sociedad prefiere no mirar. Elena es casi una niña cuando un hombre al que admiraba y creyó distinto porque era escritor y poeta extraordinario, el Maestro cuyo nombre no vale la pena mencionar, la violó abusando de la devoción intelectual que ella le tenía. Ese pasaje de su vida, sumido en lo más apartado de sus recuerdos, silenciado por su propia familia y por el peso del ostracismo social, que la obligó a marcharse a Europa para ocultar el embarazo, había permanecido en el silencio hasta ahora.

En ese entonces Elena estaba completamente sola, como le sucedía a millones de mujeres víctimas de la injusticia. Los derechos de la mujer eran ignorados por casi todos los Estados del mundo; en México recién se había otorgado a ellas su derecho a votar y el movimiento feminista no tenía las proporciones que se miran en la actualidad. Esa era la otra parte, acaso más terrible, de la condición femenina. Incluso la infidelidad de las esposas se consideraba atenuante en los casos de uxoricidio: el concepto de feminicidio no existía.

Elena ha trascendido con su trabajo como periodista y escritora lo que pudo haber sido una más de las historias lamentables de mujeres agredidas, violadas y hasta asesinadas por hombres que no logran oponer la ética a los mandatos permisibles del machismo y su odiosa divisa de abusar de ellas solo porque se puede. Sin duda alguna, Elena es hoy en día la más grande escritora mexicana. A través de su obra, transmite a las mujeres de ayer y ahora –empezando por su hija Paula y sus nietas Inés, Luna y Carmen– la seguridad de que un mundo sin machismo y sin abusos es posible, pero que éste no será si en ellas no habita el deseo de ser libres. Así como la vida gravita en torno a lo femenino, a partir de la lucha de las mujeres podrá tejerse un futuro de posibilidades más equitativas si somos capaces de inventar otra Historia, una que resuelva la dialéctica maldita del amo y de la esclava.

Sea en la vida de Elena Poniatowska o en la de Stanislaw Poniatowski –quien sufre el mal de amores por Catalina La Grande–, situados cada uno en los extremos del tiempo, la moraleja de esta obra es clara: Toda relación entre sujetos, así se trate de hombres o mujeres que no tenga por base el amor, es una violación.
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